El viento me confió cosas
que siempre llevo conmigo. Me dijo que recordaba
un barrilete y tres niños, que el sauce
estaba muy débil, que en realidad él
no quiso, que fue uno de esos días que
todo es un estropicio; me dijo que los pichones
a veces de apresurados caen al suelo indefensos
y él no consigue evitarlo; me habló
de arenas de agosto, de cartas de enamorados,
del humo en las chimeneas, del fuego abrazando
el árbol. Iba cargado de culpa y seguía
confesando. En su lomo de distancias no cabalgaba
ni un pájaro. Era un fantasma ese viento,
un alma en pena penando, y en ese telar de angustias
tejió sus babas el diablo. Le pregunté
por las chapas del techo de los de abajo. Dijo
"el hombre ha de luchar para conseguir los
clavos en vez de hincarse a rezar para olvidar
sus quebrantos o de sentarse a esperar regalos
eleccionarios". Me sorprendió la respuesta
pero no quise atajarlo, pues cuando lleva razón,
¡vaya!¡¿Vaya quén quiere
pararlo?!